Libre, entre comillas: la cronología real de Tasting Ecuador
Emprender no se parece mucho a la libertad que imaginamos. Entre despidos, mudanzas, un pan de chocobanana, un primer cliente y tres cambios de nombre, así nació Tasting Ecuador. Una historia sobre trabajo, soberbia, necesidad y la decisión de construir algo propio sin dejar de preguntarse cuánto cuesta realmente ser libre.
Por Paola González Obando
Cualquier martes a las tres de la tarde puedo estar parada en una terraza frente a un bosque espectacular en las afueras de Cuenca, en el lugar que ahora llamo casa, con un café en la mano, sin que nadie pida permiso ni se pregunte dónde estoy. Eso, en teoría, es libertad.
Es la misma palabra que podría usar un viernes a las once de la noche, parada en una cocina llena de recipientes etiquetados, con el teléfono encendiéndose por un pedido de último minuto mientras calculo cuántas porciones faltan todavía para el lunes. Libre, entre comillas, porque nadie me obliga a estar despierta a esa hora. Lo elegí. Lo elegí el día que decidí que este proyecto valía el precio.
Nadie te cuenta esta parte cuando armas el plan en tu cabeza, donde todo encaja perfecto: el problema que identificaste, la solución que tienes, el mercado que existe. En tu cabeza, emprender es una ecuación. Fuera de ella, es una negociación constante entre lo que eres capaz de cargar y todo lo demás que sigue cayéndote en los hombros. Y esa negociación casi siempre cuesta más de lo que calculaste al principio.
Antes de esa terraza y de esos recipientes hubo tres trabajos, cada uno en una parte distinta del país, que me enseñaron, sobre todo mostrándome lo que no quería, el tipo de jefa que nunca quiero ser.
Uno fue en Galápagos, en un hotel de lujo. Otro, en una hacienda conocida en Cotopaxi. El tercero, en un ecolodge en el valle de Yunguilla, aquí mismo en la zona, casi en el patio trasero de la casa que hoy alquilo. Los paisajes no podían ser más distintos, pero debajo había el mismo patrón: gente a la que se le había dado muchísimo, una ubicación privilegiada, un negocio establecido, un equipo con ideas y ganas de aportar, y que sin embargo nunca aprendió, o nunca quiso, devolver nada de eso.
A los empleados se los trataba como números, como cargas operativas, nunca como una inversión. Había poco espacio para una idea que no hubiera nacido en la cabeza de quien mandaba. No los llamaría simplemente malos jefes. La palabra precisa es soberbia: la costumbre de confundir tener el control con tener la razón.
Alguien podría decirme, con razón, que nadie me obligó a quedarme en esos trabajos, que renunciar fue una opción desde el principio. Es cierto. Pero hay una diferencia entre elegir el peso que eres capaz de cargar y no tener dónde soltarlo. Y en el último de esos tres trabajos, en el ecolodge, la decisión terminaron tomándola por mí. Me despidieron sin aviso.
Mientras tanto, Ecuador tiene una relación casi obsesiva con la palabra emprendimiento. La tasa de Actividad Emprendedora Temprana del país llegó al 33,37 % en 2024, la más alta de América Latina, lo que convirtió al Ecuador en líder regional por segundo año consecutivo. Casi la mitad del país cree, con honestidad, que montar un negocio es fácil.
Yo también lo creía, al menos al comienzo. En mi cabeza la lógica era impecable: identificar el problema, crear la solución, encontrar el mercado, hacer que los números cierren. Lo que esa ecuación nunca incluye es que la proporción de negocios que de verdad se establecen, los que sobreviven más allá de los 42 meses, cayó del 23,98 % en 2023 al 13,26 % en 2024, casi la mitad en un solo año. Tampoco contempla que el 90,6 % de quienes emprenden en Ecuador lo hacen por necesidad y no por elección.
No encajo bien en esa estadística, y eso es probablemente una de las cosas más honestas que puedo contarte. No emprendí porque no tuviera trabajo. Siempre podía encontrar algo, un empleo tras otro. Emprendí porque quedarme en esos trabajos me estaba costando más de lo que me pagaban, aun cuando el número en mi cuenta bancaria sugiriera lo contrario. Hay una tercera clase de necesidad que ninguna encuesta mide todavía: la necesidad de dejar de encogerte para caber en las expectativas de alguien que no te valora.
Tasting Ecuador no empezó con ese nombre, ni con esa idea, ni siquiera con esa intención. Empezó en plena pandemia, cuando mis estudios de cocina apenas arrancaban, con un nombre que hoy me hace sonreír: Bites.
Vendíamos pan de avena, casi puerta a puerta. Entre los productos había un pan de chocobanana que sigue en el menú hasta hoy, no por sentimentalismo, sino porque fue, literalmente, el producto que ayudó a sostener a mi familia durante una de las épocas más difíciles que habíamos pasado juntos.
Un pan de avena no es una startup, pero fue el primer sí que me dio este camino, y he llegado a creer que los primeros síes cuentan doble.
Mientras seguía estudiando, hasta completar un diplomado en nutrición y titularme como chef, Bites se convirtió en Globol: bowls balanceados y nutritivos inspirados en cocinas de todo el mundo. Mi atención seguía apuntando hacia afuera. Tailandia, el Mediterráneo, cualquier lugar menos este.
Fue terminando mi segunda carrera, Gestión Turística, y después de una serie de viajes que todavía no termino de contarles, cuando por fin la mirada se dio la vuelta. Me di cuenta de que lo que había estado buscando en otras cocinas había estado siempre en la mía: técnicas ancestrales, recetas heredadas y no inventadas, y un país tan extraordinariamente biodiverso que en un solo viaje puedes pasar de las bananeras a los campos de maíz y yuca, como si el paisaje cambiara de idioma cada pocos kilómetros.
Ahí nació Tasting Ecuador, no como una forma de vender comida, sino como una forma de mostrar un país entero a través de un plato.
El nombre cambió tres veces en el curso de unos pocos años. La intención que había debajo nunca cambió: cocinar con la certeza de que a alguien, del otro lado, le importa de verdad lo que está comiendo.
El verdadero punto de quiebre, el que de verdad puso todo en marcha, no fue tan elegante como puede sonar la historia contada hacia atrás. Me despidieron del ecolodge sin aviso. Unas semanas antes, sin saber lo que venía, ya había traído buena parte de mis cosas a Cuenca, casi como si una parte de mí hubiera anticipado lo que la otra todavía se negaba a aceptar.
Pasé unos días pensando qué seguía. Volver a Guayaquil, cargando todo ese peso físico más el peso adicional de la crisis de seguridad que la ciudad vivía en ese momento, no era una opción que se sintiera sostenible. Así que decidí empezar de nuevo, esta vez con una versión de Globol pensada como un servicio de comida personalizado.
En la primera semana conseguí una clienta. Una.
Se llama Wendy, y creí en eso por completo. No porque tuviera alguna evidencia de que el negocio iba a funcionar, sino porque no tenía muchas otras opciones y necesitaba creer que podía. En las semanas siguientes empezaron a llegar más clientes. Hace poco cumplimos exactamente un año desde ese primer pedido.
Un año no garantiza nada. Pero es, sin exagerar, la prueba de que la lógica que tenía sentido dentro de mi cabeza también podía sobrevivir afuera.
Cuando los números por fin empezaron a mostrar que esto podía volverse algo sostenible de verdad, tomamos la decisión que le dio forma física a todo lo demás. Después de casi cinco años viviendo en Guayaquil, empacamos y nos mudamos del todo.
Amilcar, mi novio, y mis gatos Bruno y Nova se subieron a un camión de mudanza con el resto de nuestra vida, y así llegamos a la ciudad que ahora es nuestra. Unos meses después salimos de la casa donde habíamos vivido con familia y conseguimos un lugar propio. Fue ahí, en ese departamento, rodeados de cajas que todavía no habíamos desempacado, donde Tasting Ecuador dejó de sentirse como una idea con nombre bonito y empezó a sentirse como un negocio con dirección.
Desde entonces hemos sumado clases de cocina, empezando por The Same Table, donde demostré que la cocina tradicional no tiene por qué excluir a quienes comen distinto. Estamos por lanzar nuestro primer ebook, y empezamos a llevar una lista de proyectos que todavía esperan ver la luz: rutas gastronómicas guiadas, degustaciones y más.
Un año de emprendimiento en este país no es fácil, y ninguna de las estadísticas de arriba sugiere lo contrario. Pero cada jefe soberbio que tuve me enseñó, por contraste, exactamente el tipo de jefa que quiero ser. Quiero ver a mi equipo como una inversión y no como una carga. Quiero escuchar antes de dar por hecho que tengo razón. Quiero entender que liderar no es tener siempre la última palabra.
Ese es, en el fondo, el propósito más profundo detrás de Tasting Ecuador. No quiero que sea solo un emblema gastronómico, sino también uno profesional: un lugar donde la gente pueda crecer sin que sus oportunidades dependan de caerle bien a quien manda.
No quiero que esto sea promedio.
Y si el precio de construir algo que no sea promedio es un martes por la tarde libre, entre comillas, sigo pensando que es un trato más que justo.
Así que seguiré escribiendo para entender el mundo, y cocinando para interactuar con él.