Tasting Ecuador
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recetas · 25 de mayo de 2026

Un plato que sabe a casa

Hay una historia que siempre me ha encantado sobre uno de los platos más queridos del Ecuador: el seco de pollo.

Por Paola González Obando

Hay una historia que siempre me ha encantado sobre uno de los platos más queridos del Ecuador: el seco de pollo.

Es el tipo de historia que podría ser cierta, o podría ser solo uno de esos cuentos que la gente sigue repitiendo porque suena demasiado bueno como para dejarlo ir.

Dicen que empezó hace décadas, en Ancón, un pueblito de la costa donde trabajadores petroleros americanos y ecuatorianos compartían días largos y calurosos y pausas cortas para almorzar. La historia cuenta que cuando los locales servían el almuerzo, siempre llegaba en dos partes: primero una sopa, y luego el segundo: el “segundo” plato (el principal). Los trabajadores extranjeros, intentando comunicarse, pedían el “second”. Y los cocineros ecuatorianos, captando más el sonido que la palabra, empezaron a llamar al plato “seco”.

Si la historia es cierta o no, nadie lo sabe con seguridad. Los historiadores han encontrado recetas de seco mucho antes de que llegara ninguna compañía extranjera. Pero me gusta pensar que, como con todas las historias de comida, la verdad está en algún lugar entre el hecho y el sabor. Tal vez el nombre vino de cómo el guiso “se seca” mientras se cocina a fuego lento, o tal vez realmente nació de un malentendido en una mesa de almuerzo. De cualquier manera, el resultado es el mismo: un plato tan rico, tan reconfortante, que se ha vuelto parte de quienes somos.

Lo que me parece más hermoso del seco es que no tiene una sola versión.

Está el seco de chivo en Manabí, con sus tonos profundos y terrosos. El seco de gallina criolla en la Sierra, cocinado lentamente hasta quedar tierno. El seco de pollo en Guayaquil, brillante y aromático. Pero más allá de la geografía, hay algo más íntimo: cada hogar tiene su propia receta “tradicional”.

Y para mí, el mejor seco de pollo siempre va a ser el de mi madre. Rico con naranjilla y ese toque de algo que no se puede nombrar del todo, pero que lo hace saber a amor.

La comida, como el lenguaje, cambia con el tiempo.

Una palabra mal escuchada se vuelve tradición. Un plato transmitido se vuelve memoria.

Y en algún lugar entre esas dos cosas, encontramos las historias que nos definen.

¿Conocías esta versión de la historia del seco?

O tal vez, en tu país, hay un plato cuyo nombre también nació de un malentendido. Uno que cuenta más sobre la gente que sobre las recetas.

Al final, la comida no es solo lo que comemos. Es lo que compartimos, lo que recordamos, y lo que mantenemos vivo.

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